
En dos días cambias de latitud, altitud, presión atmosférica, comunidad, y casi de país, pero no de sonrisa. La misma con la que atentamente leo la carta del banco que me comunica la subida de 200 euros de mi hipoteca, con la que oigo que la gasolina alcanza el máximo histórico o que se anuncia un golpe de frío. La misma con la que mascullo una mueca de dolor provocado por las jaquecas que me asedian desde hace 3 meses, esas que esta noche han sido capaces de hacerme despertar retorciéndome, pero sin perder la sonrisa.
Quizá si no tuviera una casa no sufriría esos cambios del tipo de interés, y si no tuviera coche me daría igual el coste de la gasolina. Si no hubiera estudiado tanto no tendría jaquecas e incluso si viviera encerrado en casa sin viajar no castigaría mi cerebro con los cambios de presión del despegue y aterrizaje. Si viviera en Arena no lloraría por ver tan lejos tu sonrisa y si fuera verde y tuviera rueda sería una carretilla.
Todo me hace pensar que son motivos suficientes para mantener la sonrisa cada una de las piedras de mi camino, con las que he tropezado para quedarme con ellas. Cantos rodados con el tiempo, alisados e indoloros, que reconfortan el cansancio de mis pies y mi cabeza cuando me apoyo encima. Que las piedras con las que tropieza el hombre son del color que las vemos y que seguramente mas jode un chino en el zapato que una losa en la espalda, al menos es más llevadero. Seguro que esto de plantearse cada vez si realmente son justos los enfados y ataques de ira lo único que me hace es madurar. Y sentirme mas tonto, absurdo y naif protestando por nimiedades. Espero que esos ojos algún día sean los míos, o simplemente una pierda mas en el camino.
Un abrazo



